El indignado

No pretendo ser objetivo ni imparcial. Más adelante analizaré el fenómeno desde una perspectiva puramente politológica, pero hoy; hoy quiero dar rienda suelta a mis instintos. Hoy quiero hablar de “El Indignado”, esa nueva forma de humano, más perfecto que el Übermensch de Nietzsche o su ‘Ecce Homo’.

El indignado es una curiosa especie del panorama político español. Desde su nacimiento mediático -no nos engañemos, siempre habían estado ahí, dando el coñazo- el pasado año; con su máximo exponente en las protestas que se extendieron por toda España, no han dejado de ser “la alternativa”, “la ciudadanía enrabietada”, “los que sufren los recortes de los mercados”, y demás eslóganes de todo a cien.

El indignado se nutre a partir de diarios alejados del dominio del mercado como Público -cuyo propietario, Jaume Roures, es una de las mayores fortunas de España y domina varios medios de comunicación-, que luchan tenazmente contra las fuerzas del mal encarnadas por periódicos como El Mundo, El País -izquierdistas aburguesados- o el inefable ABC. Sus referencias ideológicas no son confusas, pero él te dirá que sus ideas son sentido común, que son fruto de la rabia de la situación económica -¿dónde queda la racionalidad del ser humano?- o que “es lo que piensa la gente normal” -situándote en una situación en la que tú eres el anormal-. No oses insinuar que su poso ideológico no deja de ser el mismo que el de los que salen cada 14 de abril reclamando una República anticapitalista, antifascista y antimachista, ni siquiera te atrevas a recordar que son los mismos que llevan años diciendo que el PSOE no es de izquierdas y que IU no mola. Son los que se cuestionan la legitimidad de los oponentes a la dictadura castrista, alaban el régimen autoritario de Venezuela y cuestionaban la lucha contra ETA. Pero, recuerda, ellos son “apolíticos”. Sus propuestas son “las propuestas del pueblo, de sentido común”.

El indignado, además, tiene diversas alergias. Su alergia más fuerte, la que generalmente le lleva a la muerte -o a un estado catatónico en el que utiliza adjetivos como “fascista”, “chupóptero”, “corrupto” o ya algunos más castizos como directamente “gilipollas”- es la alergia a la Economía. No a la “Economía” como tal, sino como ciencia. El indignado no cree en las reglas y axiomas de la Economía. No cree en sus herramientas, en sus hipótesis y en su método científico. El indignado establece sus reglas económicas en un mundo aparte, en el que los billetes de 500€ crecen en árboles sin crear inflación, en el que los impuestos son del 785% y la gente es feliz, en un mundo en el que trescientos años de historia y ciencia económica no han existido. Donde el dicho de “querer es poder” se cumple al 100%. Si en cualquier momento te atreves a mencionar algunos de los hechos científicos de la ciencia, o a mencionar investigaciones modernas al respecto de temas calientes -sí, hablo de la reforma laboral, aunque ese es otro tema- te acusarán de estar al servicio de los mercados, te dirán que esas investigaciones están sesgadas y manipuladas o incluso alguno -algún indignado puro, de los que de verdad molan- te dirá que a él “le suda la polla la economía, eso es cosa de banqueros” -no miento, alguna vez he leído tal magnífico argumento-.

Sin embargo, no temas. No es ésa su única debilidad. También tienen alergia al Derecho o a la Ciencia Política. Nadie les exige que se conozcan la doctrina del Tribunal Constitucional al respecto de los Derechos Fundamentales, o que conozcan teorías de la democracia o del Estado. No se les exige, para un debate, un conocimiento de los estudios de Lijphart o que hayan leído el último ‘paper’ sobre el tema de los EEUU. Se les pide, sin embargo; una mínima coherencia y conocimiento de lo que hablan. Es gracioso oírles hablar de un sistema de listas abiertas -¡y desbloqueadas!- con tanto gracejo y desparpajo, como callan cuando les mencionas el putiferio que era Italia hasta hace poco con ese sistema. Es gracioso ver cómo mencionan diversos artículos de la Constitución -derecho a la vivienda, al trabajo, a un medioambiente digno- sin tener en cuenta qué pintan esos derechos ahí, qué sentido tienen y por qué no son directamente recurribles al Tribunal Constitucional. Este tipo de cosas, que obviamente no conoce toda la gente, podrían saberlas si prestasen oídos a las argumentaciones que a veces se les hacen; pero nunca lo hacen. Y cuando lo hacen, y las conclusiones no encajan con lo que ellos tienen establecido en su esquema ideológico, volvemos al punto catatónico de la alergia a la Economía y surgen los bellos epítetos. Fascista, corrupto, adormecido, anormal, gilipollas.

Sin embargo eso no es lo peor. No es lo preocupante. Lo preocupante es cuando destruyen la democracia y sus más profundos e históricos fundamentos de un plumazo, con la complicidad de los periódicos. Lo preocupante es cuando pretenden conquistar en la calle, a base de rebeldía, destrozo de mobiliario urbano o gritos y pancartas lo que el pueblo y la Nación les han negado democráticamente en las urnas. Es preocupante cuando niegan legitimidad a millones de personas que han ejercido su derecho al voto para dárselas a unos cuantos cientos de personas gritando, pancarteando y gritando estupideces. Es su concepción de la democracia, la masa gritona y descontrolada tiene más poder que personas elegidas por todo el pueblo. 20.000 personas son más poderosas que 10.000.000. Y, por supuesto, tienen más legitimidad. Esos diez millones son simplemente robots, personas sin conciencia.

Lo peligroso de los indignados es esa cierta simpatía social que se extiende sobre ellos. Ese “bueno, es que las cosas están muy mal”, que acaba por encubrir invasión de edificios públicos y templos del saber -sí, hablo de la Autónoma de Barcelona- por aquellos menos interesados en el saber y el conocimiento. Esa condescendencia hacia “los jóvenes”, cuando muchos de los jóvenes no nos sentimos ni de lejos identificados por esos “indignados” que se arrogan la soberanía nacional, el poder de cambiar las leyes y el de destronar el poder de la democracia de nuestra sociedad.

El indignado reclamará “desobediencia civil” sin saber quién es Thoureau. El indignado clamará contra una reforma laboral que intenta desmontar una institución franquista -nuestro mercado laboral-. El indignado gritará por la mala educación en Valencia -nadie lo niega- y callará en Andalucía. El indignado quemará coches por los recortes pero obviará lo que pasaría con una España fuera del euro. El indignado, en definitiva, destrozará cualquier esfuerzo de este país por salir adelante, sacrificándolo en los altares de la inopia, rodeado de antorchas iluminando el diario Público y el blog de Escolar.

Yo acuso, como Zola, a los indignados. Los acuso de ser inútiles en los tiempos que corren, los acuso de destruir los cimientos de nuestra democracia, los acuso de manipular a la gente. Los acuso, en definitiva, de ser un peligroso enemigo para nuestras libertades y derechos. Cualquier esfuerzo por combatirlos, por enviarlos de nuevo al ostracismo social y académico -si es que tuviesen algún rigor-; cualquier esfuerzo por dejar claro al mundo que no llevan razón; cualquiera, es bienvenido. Es necesario.

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