El desgarro de la democracia

Hoy en la Comunidad de Madrid la gente vota. O eso haría si de verdad estuviésemos ante un referéndum en el que el pueblo de Madrid, sujeto político de la Comunidad, expresase su voluntad democrática. Sin embargo no estamos ante nada de eso. Unas cuantas asociaciones y grupos contrarios a la privatización de parte del canal -privatización que no elimina la mayoría pública en su accionariado- se han montado lo que ellos llaman una “consulta popular”. Porque, como decía el otro día, este tipo de gente no cree en la democracia y en las urnas de verdad, sino en lo que ellos consideran que es su democracia y sus objetivos.

Esta consulta popular es tan democrática que las urnas son de cartón -dobles fondos posibles-, no hay un censo de votantes, puede votar el primer Paco, Pepe o Antonia que se pase por ahí y, además; al lado de cada urna tenemos ochocientos panfletos recordándonos lo malo que es que se privatice una parte del Canal. Por supuesto, no se te vaya a ocurrir sugerirles que mejoren sus métodos en su “consulta popular”; porque probablemente serás un fascista, un capitalista opresor o quizás algo peor, un votante del Partido Popular.

La consulta carece de valor. Los que votan, votarán que no; porque aquellos que no estén de acuerdo con esta pantomima no irán a votar. El resultado, obviamente, será abrumadoramente contrario a la privatización por la propia lógica de la participación en la consulta. Habrá votos en contra, entre los despistados que hayan votado que no y las correcciones lógicas de la asociación para no “tufar” demasiado. Lo peor es que alguno sacará esa “abrumadora mayoría” en contra de la privatización como un resultado superdemocrático y argüirá que Esperanza Aguirre debe dar marcha atrás so pena de enfrentarse a la voluntad del pueblo encarnada en unas urnas de cartón.

Pese a lo cómico de la situación -habrá quien se tome estas consultas en serio-, lo peor es que es otro síntoma del desgarro de la democracia por parte de “indignados” y colectivos cercanos a ellos. Con la peligrosa complicidad, dicho sea de paso, de la Verdadera Izquierda -Izquierda Unida, o más bien Hundida-, que ni cree en esta democracia que día tras día les hunde, ni puede aspirar a algo más que a hacer ruido de cuando en cuando. Esta gente no cree en una confrontación de opiniones y razones en el sentido republicano de la democracia, esta gente no cree en una suma de preferencias individuales si adoptamos un punto de vista institucional o racional. Ni siquiera creen en una visión sustantiva de la democracia. Sólo creen en el aldabonazo, en el ruido callejero y en la destrucción y deslegitimación de los cientos de miles de votos que no les han dado la razón.

Lo peligroso de estas actuaciones es desviar el balance de la democracia de unas instituciones que elegimos todos a unas urnas de cartón. Desviar el poder de una cámara  donde todos tienen voz a unas protestas sectarias y carentes de base popular suficiente. En definitiva, se trata de una versión moderna de bonapartismo y régimen plebiscitario; en el que estos grupúsculos manipulan la pregunta y no cabe más respuesta que el sí o el no, el maniqueísmo en estado puro.

La democracia se basa en las urnas, en los representantes elegidos y en unos ciudadanos informados y dispuestos a interesarse por los problemas públicos. Cuando cualquiera de estos pilares falla, nos enfrentamos al desgarro de la democracia. Y cuando en España, aparte de los ciudadanos informados, fallan las urnas, los representantes elegidos y grupúsculos minoritarios intentan hacer herida de ello, el peligro aumenta. No debemos dejar de dar la batalla para recordarlos que no llevan la razón, que no sus urnas de cartón carecen de legitimidad alguna y que el correcto lugar donde debatir es la Asamblea de Madrid, elegida por todos los madrileños. Lo contrario es dar la razón a quienes no creen en la democracia.