Democracia, representantes y política

Ah, los políticos. Qué malos son. Nunca nos hacen caso. Habría que quemarlos a todos (sic). Todos estamos acostumbrados a oír este tipo de proclamas de gente más o menos conocedora de cómo funciona el sistema político. Así, de lejos. Pero deberíamos preocuparnos cuando esto lo dice gente que, en teoría, debería conocer cómo funcionan nuestros sistemas representativos y qué alternativas existen en el mundo democrático. Porque, no nos engañemos, los primeros suelen ser los adalides de la antipolítica; los que pretenden que nos gobierne una casta tecnócrata o, lo que es peor, la vanguardia del Partido.

Pero, en una etapa de crisis en la que estamos, en la que los políticos parecen no responder a requerimientos sociales y cuyo alejamiento de la sociedad civil es cada vez mayor, ¿qué podemos hacer para restablecer el vínculo de legitimidad entre representantes y representados? ¿Qué podemos hacer para hacer que nuestra democracia siga robusta y fuerte, que el ciudadano tenga control sobre su representante y la política triunfe? Al respecto encontramos dos posturas: la bienpensante y la realista. Me explicaré un poco más.

La postura bienpensante es la que mucha gente propugna como radical solución de todos los problemas que afectan a nuestro país. Incluidos los efectos de una década de derroche. Es el sistema proporcional puro, al sistema italiano/griego y, además, como doble pirueta efectista (porque queda muy bien), el sistema de listas abiertas. Si me permitís la expresión, con dos cojones. Los defensores de este modelo aducen que los problemas de representación de este país vienen porque gente como IU están infrarrepresentados y que el PP y el PSOE sacan muchos más escaños de los que les correspondería dado el sesgo mayoritario del sistema electoral. Hasta ahí estamos de acuerdo todos. Son hechos demostrados.

(Dejo al margen el hecho de que los defensores de este sistema obvian el caso de provincias grandes donde el sistema proporcional funciona y el sistema de los restos de D’Hondt funciona perfectamente. El problema electoral lo introduce el tamaño de la circunscripción, no el sistema electoral en sí mismo.)

Los defensores de este modelo, continúan: si hacemos que el sistema sea proporcionalmente puro, los representantes serán la fiel imagen de lo que el electorado de este país desea, y mágicamente el consenso y la sabiduría nacerán de ese idílico foro de representantes sabios y excelentes en sus campos vitales. (Sobre la falacia republicana del consenso, recordadme que escriba algún día). Bueno, todo esto puede estar muy bien (sobre todo cuando nos mencionan la democracia ateniense, donde “todos” debatían, y eran libres y vivían en una especie de Arcadia feliz), pero nos olvidamos de un hecho fundamental: queremos que nuestros representantes nos representen, pero también que puedan gobernar. Imaginaos un Congreso en el que hubiera 15 partidos y en el que hubiera posibilidades de gobierno para cinco de ellos, necesitando a menudo diputados sueltos para conformar mayorías estables y estas, cuando se lograban, siendo muy precarias dada la cantidad de partidos involucrados.

Más aún. Imaginad los incentivos que tenía un diputado concreto si sabía que de él dependía todo un gobierno. O imaginad la estabilidad gubernamental cuando eran varios partidos de los que dependía la aprobación de una ley, la tramitación de un proyecto o la mera aceptación de un Ministro. Nula. Y así, la República Italiana fue un nido de intrigas entre fracciones de los partidos, con gobiernos que apenas duraban uno o dos años y con una efectividad que asustaría a cualquier persona con dos dedos de frente. Esto, sólo con un sistema proporcional, asumiendo que seguiríamos con listas cerradas y bloqueadas. Ahora imaginad un sistema de listas abiertas en circunscripción única nacional junto a lo anterior. Tendríais unas sábanas (tal cual, imaginad que se presentan 50 partidos por 350 candidatos cada uno, 17.500 candidatos de los que tendríais que informaros) a la hora de votar enormes. 17.500 nombres, 17.500 personas de las que se supone, sabéis algo y podéis emitir un voto informado y real.

De todo esto, nadie dice nada. Porque los defensores bienpensantes de este tipo de sistema ignoran a dónde nos llevaría su propuesta. Al caos y a la imposibilidad de tener un gobierno estable aunque sea de manera mínima. Por no hablar de que ya me diréis vosotros qué clase de relación, vínculo o legitimidad se encuentra entre vosotros y los nombres que tacháis de esa sábana. ¿Os vais a informar de la trayectoria e ideas de 17.500 personas? Yo, por mucho que me interese la política, dudo que tenga tiempo para ello. Y eso que soy un estudiante ocioso. Por cierto, ¿conocéis a los Senadores que elegís? ¿Sabéis que es un sistema de listas abiertas? Vaya, y nadie tiene mucha idea de quién es su Senador, o nadie le controla demasiado. Marca los candidatos de su partido y listos (y de hecho, sólo salen los dos primeros).

Frente a esto tenemos una alternativa realista, pero que suena muy mal. El sistema mayoritario inglés. En este sistema dividimos el país en un número de circunscripciones tal como el número de representantes a elegir, con una suma similar de ciudadanos con derecho a voto en cada circunscripción. Tras la votación, el winner takes it all y el candidato con mayor número de votos es elegido como representante de la circunscripción electoral. Ahora es cuando todos me llamáis fascista, antidemócrata y poco menos que me acusáis de haber matado al abuelo de Heidi. Pero, pensemos un poco más allá. Sí, puede resultar difícil de aceptar que un candidato por diferencias mínimas sea investido como representante, cuando a lo mejor la suma del resto de candidatos es infinitamente mayor pero, ojo, ¿queremos gente que discuta por nosotros o queremos gente que nos represente?

Ese diputado ha sido elegido por un margen mínimo, pero sabemos que es nuestro representante. Sabemos que en las próximas elecciones se juega el puesto. Que necesita apoyos desesperadamente y que lo último que quiere un político es perder las elecciones. Imaginad que sabéis dónde tiene la oficina ese representante, y que hay una próxima votación en la que os duele mucho que se vote a favor. Ahora, os pasáis a menudo por el despacho de este diputado, le recordáis que se juega el puesto, que no vais a apoyarle, que estáis muy cabreados y que vais a hablar mal de él en el bar, en el ascensor y hasta en la oficina mientras os tomáis un café.

Sorpresa. Ese diputado que antes estaba en el Congreso, feliz, dependiendo de que el partido le pusiera o no en las listas; ahora, depende de vosotros. Los electores. Ya no depende de que alguien (no sabemos quién, ni en base a qué méritos) escriba su nombre en una papeleta bajo unas siglas. Ahora depende de los votos directos de gente que va a vivir cerca de él, y que va a tener unos problemas muy similares. ¿Cuántos de vosotros sabéis, por ejemplo, quiénes son los diputados del PP por Madrid? ¿Podéis escribirlos y quejaros? ¿Sabéis dónde tienen su oficina o despacho? ¿Sabéis si reciben visitas? ¿Sabéis en qué sentido votan? ¿Sabéis qué tipo de propuestas presentan en el Parlamento? ¿Qué discursos dan? ¿En qué Comisiones trabajan?

No tenéis ni idea. Como no la tengo yo. Y si alguna vez habéis escrito a algún diputado, rara será la vez que os haya contestado. Como nos ha pasado a todos. Sí. Tenéis razón. Quizás muchas veces los votos de IU o de UPyD, del PSOE o del PP se pierdan en el camino. Pero yo no quiero votar unas siglas, sino a un representante. Y si puedo controlar a mi representante mucho más, mucho mejor y mucho más de cerca, a costa de tener un Parlamento sólo de PP y de PSOE, bienvenido sea.

Yo no quiero una democracia partidista, donde se vote cada cuatro años y se olvide la rendición de cuentas. Me considero un ciudadano maduro y responsable, capaz de dar la tabarra por según qué cosas si sé quién me está representando y quién está votando por mí. Creo que tengo derecho a decirle a mi representante que se está jugando el puesto, y que no se olvide de que él está ahí gracias a los votos de personas como yo. Hoy por hoy eso es imposible. Si alguien está en el número dos de la lista del PSOE por Madrid va a salir sí o sí, y únicamente rendirá cuentas al barón u oscuro trilero que maneja los hilos en Ferraz. Eso es un hecho.

En nuestras manos está elegir la alternativa utópica o la alternativa realista. ¿Queréis más democracia? ¿Queréis conocer a vuestros representantes? Entonces, obliguemos a los partidos a abrirse a la sociedad civil. Obliguemos a los partidos a que escuchen a los ciudadanos y evitemos el masivo poder de una burocracia tan fuerte y oscura como un partido político. Sistema mayoritario uninominal, ¡ya!

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El desgarro de la democracia

Hoy en la Comunidad de Madrid la gente vota. O eso haría si de verdad estuviésemos ante un referéndum en el que el pueblo de Madrid, sujeto político de la Comunidad, expresase su voluntad democrática. Sin embargo no estamos ante nada de eso. Unas cuantas asociaciones y grupos contrarios a la privatización de parte del canal -privatización que no elimina la mayoría pública en su accionariado- se han montado lo que ellos llaman una “consulta popular”. Porque, como decía el otro día, este tipo de gente no cree en la democracia y en las urnas de verdad, sino en lo que ellos consideran que es su democracia y sus objetivos.

Esta consulta popular es tan democrática que las urnas son de cartón -dobles fondos posibles-, no hay un censo de votantes, puede votar el primer Paco, Pepe o Antonia que se pase por ahí y, además; al lado de cada urna tenemos ochocientos panfletos recordándonos lo malo que es que se privatice una parte del Canal. Por supuesto, no se te vaya a ocurrir sugerirles que mejoren sus métodos en su “consulta popular”; porque probablemente serás un fascista, un capitalista opresor o quizás algo peor, un votante del Partido Popular.

La consulta carece de valor. Los que votan, votarán que no; porque aquellos que no estén de acuerdo con esta pantomima no irán a votar. El resultado, obviamente, será abrumadoramente contrario a la privatización por la propia lógica de la participación en la consulta. Habrá votos en contra, entre los despistados que hayan votado que no y las correcciones lógicas de la asociación para no “tufar” demasiado. Lo peor es que alguno sacará esa “abrumadora mayoría” en contra de la privatización como un resultado superdemocrático y argüirá que Esperanza Aguirre debe dar marcha atrás so pena de enfrentarse a la voluntad del pueblo encarnada en unas urnas de cartón.

Pese a lo cómico de la situación -habrá quien se tome estas consultas en serio-, lo peor es que es otro síntoma del desgarro de la democracia por parte de “indignados” y colectivos cercanos a ellos. Con la peligrosa complicidad, dicho sea de paso, de la Verdadera Izquierda -Izquierda Unida, o más bien Hundida-, que ni cree en esta democracia que día tras día les hunde, ni puede aspirar a algo más que a hacer ruido de cuando en cuando. Esta gente no cree en una confrontación de opiniones y razones en el sentido republicano de la democracia, esta gente no cree en una suma de preferencias individuales si adoptamos un punto de vista institucional o racional. Ni siquiera creen en una visión sustantiva de la democracia. Sólo creen en el aldabonazo, en el ruido callejero y en la destrucción y deslegitimación de los cientos de miles de votos que no les han dado la razón.

Lo peligroso de estas actuaciones es desviar el balance de la democracia de unas instituciones que elegimos todos a unas urnas de cartón. Desviar el poder de una cámara  donde todos tienen voz a unas protestas sectarias y carentes de base popular suficiente. En definitiva, se trata de una versión moderna de bonapartismo y régimen plebiscitario; en el que estos grupúsculos manipulan la pregunta y no cabe más respuesta que el sí o el no, el maniqueísmo en estado puro.

La democracia se basa en las urnas, en los representantes elegidos y en unos ciudadanos informados y dispuestos a interesarse por los problemas públicos. Cuando cualquiera de estos pilares falla, nos enfrentamos al desgarro de la democracia. Y cuando en España, aparte de los ciudadanos informados, fallan las urnas, los representantes elegidos y grupúsculos minoritarios intentan hacer herida de ello, el peligro aumenta. No debemos dejar de dar la batalla para recordarlos que no llevan la razón, que no sus urnas de cartón carecen de legitimidad alguna y que el correcto lugar donde debatir es la Asamblea de Madrid, elegida por todos los madrileños. Lo contrario es dar la razón a quienes no creen en la democracia.

El indignado

No pretendo ser objetivo ni imparcial. Más adelante analizaré el fenómeno desde una perspectiva puramente politológica, pero hoy; hoy quiero dar rienda suelta a mis instintos. Hoy quiero hablar de “El Indignado”, esa nueva forma de humano, más perfecto que el Übermensch de Nietzsche o su ‘Ecce Homo’.

El indignado es una curiosa especie del panorama político español. Desde su nacimiento mediático -no nos engañemos, siempre habían estado ahí, dando el coñazo- el pasado año; con su máximo exponente en las protestas que se extendieron por toda España, no han dejado de ser “la alternativa”, “la ciudadanía enrabietada”, “los que sufren los recortes de los mercados”, y demás eslóganes de todo a cien.

El indignado se nutre a partir de diarios alejados del dominio del mercado como Público -cuyo propietario, Jaume Roures, es una de las mayores fortunas de España y domina varios medios de comunicación-, que luchan tenazmente contra las fuerzas del mal encarnadas por periódicos como El Mundo, El País -izquierdistas aburguesados- o el inefable ABC. Sus referencias ideológicas no son confusas, pero él te dirá que sus ideas son sentido común, que son fruto de la rabia de la situación económica -¿dónde queda la racionalidad del ser humano?- o que “es lo que piensa la gente normal” -situándote en una situación en la que tú eres el anormal-. No oses insinuar que su poso ideológico no deja de ser el mismo que el de los que salen cada 14 de abril reclamando una República anticapitalista, antifascista y antimachista, ni siquiera te atrevas a recordar que son los mismos que llevan años diciendo que el PSOE no es de izquierdas y que IU no mola. Son los que se cuestionan la legitimidad de los oponentes a la dictadura castrista, alaban el régimen autoritario de Venezuela y cuestionaban la lucha contra ETA. Pero, recuerda, ellos son “apolíticos”. Sus propuestas son “las propuestas del pueblo, de sentido común”.

El indignado, además, tiene diversas alergias. Su alergia más fuerte, la que generalmente le lleva a la muerte -o a un estado catatónico en el que utiliza adjetivos como “fascista”, “chupóptero”, “corrupto” o ya algunos más castizos como directamente “gilipollas”- es la alergia a la Economía. No a la “Economía” como tal, sino como ciencia. El indignado no cree en las reglas y axiomas de la Economía. No cree en sus herramientas, en sus hipótesis y en su método científico. El indignado establece sus reglas económicas en un mundo aparte, en el que los billetes de 500€ crecen en árboles sin crear inflación, en el que los impuestos son del 785% y la gente es feliz, en un mundo en el que trescientos años de historia y ciencia económica no han existido. Donde el dicho de “querer es poder” se cumple al 100%. Si en cualquier momento te atreves a mencionar algunos de los hechos científicos de la ciencia, o a mencionar investigaciones modernas al respecto de temas calientes -sí, hablo de la reforma laboral, aunque ese es otro tema- te acusarán de estar al servicio de los mercados, te dirán que esas investigaciones están sesgadas y manipuladas o incluso alguno -algún indignado puro, de los que de verdad molan- te dirá que a él “le suda la polla la economía, eso es cosa de banqueros” -no miento, alguna vez he leído tal magnífico argumento-.

Sin embargo, no temas. No es ésa su única debilidad. También tienen alergia al Derecho o a la Ciencia Política. Nadie les exige que se conozcan la doctrina del Tribunal Constitucional al respecto de los Derechos Fundamentales, o que conozcan teorías de la democracia o del Estado. No se les exige, para un debate, un conocimiento de los estudios de Lijphart o que hayan leído el último ‘paper’ sobre el tema de los EEUU. Se les pide, sin embargo; una mínima coherencia y conocimiento de lo que hablan. Es gracioso oírles hablar de un sistema de listas abiertas -¡y desbloqueadas!- con tanto gracejo y desparpajo, como callan cuando les mencionas el putiferio que era Italia hasta hace poco con ese sistema. Es gracioso ver cómo mencionan diversos artículos de la Constitución -derecho a la vivienda, al trabajo, a un medioambiente digno- sin tener en cuenta qué pintan esos derechos ahí, qué sentido tienen y por qué no son directamente recurribles al Tribunal Constitucional. Este tipo de cosas, que obviamente no conoce toda la gente, podrían saberlas si prestasen oídos a las argumentaciones que a veces se les hacen; pero nunca lo hacen. Y cuando lo hacen, y las conclusiones no encajan con lo que ellos tienen establecido en su esquema ideológico, volvemos al punto catatónico de la alergia a la Economía y surgen los bellos epítetos. Fascista, corrupto, adormecido, anormal, gilipollas.

Sin embargo eso no es lo peor. No es lo preocupante. Lo preocupante es cuando destruyen la democracia y sus más profundos e históricos fundamentos de un plumazo, con la complicidad de los periódicos. Lo preocupante es cuando pretenden conquistar en la calle, a base de rebeldía, destrozo de mobiliario urbano o gritos y pancartas lo que el pueblo y la Nación les han negado democráticamente en las urnas. Es preocupante cuando niegan legitimidad a millones de personas que han ejercido su derecho al voto para dárselas a unos cuantos cientos de personas gritando, pancarteando y gritando estupideces. Es su concepción de la democracia, la masa gritona y descontrolada tiene más poder que personas elegidas por todo el pueblo. 20.000 personas son más poderosas que 10.000.000. Y, por supuesto, tienen más legitimidad. Esos diez millones son simplemente robots, personas sin conciencia.

Lo peligroso de los indignados es esa cierta simpatía social que se extiende sobre ellos. Ese “bueno, es que las cosas están muy mal”, que acaba por encubrir invasión de edificios públicos y templos del saber -sí, hablo de la Autónoma de Barcelona- por aquellos menos interesados en el saber y el conocimiento. Esa condescendencia hacia “los jóvenes”, cuando muchos de los jóvenes no nos sentimos ni de lejos identificados por esos “indignados” que se arrogan la soberanía nacional, el poder de cambiar las leyes y el de destronar el poder de la democracia de nuestra sociedad.

El indignado reclamará “desobediencia civil” sin saber quién es Thoureau. El indignado clamará contra una reforma laboral que intenta desmontar una institución franquista -nuestro mercado laboral-. El indignado gritará por la mala educación en Valencia -nadie lo niega- y callará en Andalucía. El indignado quemará coches por los recortes pero obviará lo que pasaría con una España fuera del euro. El indignado, en definitiva, destrozará cualquier esfuerzo de este país por salir adelante, sacrificándolo en los altares de la inopia, rodeado de antorchas iluminando el diario Público y el blog de Escolar.

Yo acuso, como Zola, a los indignados. Los acuso de ser inútiles en los tiempos que corren, los acuso de destruir los cimientos de nuestra democracia, los acuso de manipular a la gente. Los acuso, en definitiva, de ser un peligroso enemigo para nuestras libertades y derechos. Cualquier esfuerzo por combatirlos, por enviarlos de nuevo al ostracismo social y académico -si es que tuviesen algún rigor-; cualquier esfuerzo por dejar claro al mundo que no llevan razón; cualquiera, es bienvenido. Es necesario.