Adiós, Cataluña

Ayer, domingo 4 de marzo de 2012, Jordi Pujol se despedía de España. Así, el gran prohombre democrático decía que las relaciones entre España y Cataluña eran insostenibles y que el próximo paso era la independencia. Parece irónico que el anuncio se hiciera el día que hace más de cuatro siglos Madrid volvía a ser capital ya definitiva de España o el día también que, (con un poco más de mala leche), Falange Española y las JONS se fusionaban. Nunca sabemos lo que nos despara la Historia.

Pero, para evitar desviarme en exceso del tema que nos ocupa, me centraré un poco en lo que dijo ayer Pujol. Sé que es imposible convencerlos de que España no expolia a Cataluña, de que castellano y catalán tienen los mismos derechos y de que vivimos en el mismo país y, por tanto; no podemos limitarnos los unos a los otros. Me detendré un poco más en las mentiras que han creado para sustentar su chiringuito nacionalista, lamentablemente atizado por los nacionalistas españoles, incapaces de hacer comprender que Cataluña es España y España es Cataluña.

La primera idea flotante en el imaginario nacionalista catalán es la visión de una Cataluña independiente y ajena a lo que ocurría en la Península Ibérica. Una visión idílica de lo que fue el Condado de Barcelona primero y el Principado de Cataluña más tarde; siempre imaginándose como banqueros genoveses o venecianos antes que, como lo que de verdad fueron, una parte importantísima de una Corona de Aragón gobernada por castellanos. El Condado de Barcelona, primero dependiente del Imperio Franco e independiente de manera efímera durante un siglo fue finalmente absorbido por los Reyes de Aragón, dando nacimiento a la Corona de Aragón. Una Corona donde, si bien la parte catalana mantuvo una cierta autonomía o identidad, siempre se identificó con el nombre de la parte aragonesa, gobernando desde Zaragoza y no fue sino hasta el Siglo XIII y XIV cuando los intereses se volcaron en el Mediterráneo. Y no gracias a la pujanza comercial barcelonesa, sino a derechos dinásticos de la Casa de Aragón. Los almogávares, idealizados como luchadores catalanes de la libertad, no fueron sino veteranos que debieron reconvertirse en mercenarios del Imperio Bizantino y que acabaron saqueando Grecia. En resumen, ninguna Cataluña independiente existió más que durante apenas un siglo de interregno entre la decadencia definitiva del Imperio Franco y la sumisión del Condado a los Reyes de Aragón.

Otro de los mitos es la lucha por la independencia que teóricamente supuso la rebelión de Cataluña en 1640 contra los proyectos del Conde-Duque de Olivares. En el imaginario independentista esta rebelión anuncia el nacimiento de la Cataluña irredenta, la Cataluña vejada por el malvado castellano. En realidad, no fue sino una revuelta popular, antinobiliaria y que, como otras tantas de la época, se sublevaba al grito de “¡Viva el Rey!”. Los campesinos, hartos de guerras, saqueados por Francia, con tropas acantonadas en su territorio y manipulados convenientemente por los líderes burgueses de la época; salieron a la calle. Toda una serie de malentendidos -y egoísmo de la burguesía catalana, que no defendieron a España cuando los franceses sitiaron Fuenterrabía- agravaron la situación y todo ello acabó con la revolución del Corpus de Sangre.

Es aquí cuando se consuma la traición. Cataluña se echa en brazos del francés, de Luis XIII y de Richelieu. No fue esto una independencia, sino cambiar un Señor por otro y desgarrar el territorio de lo que desde la Alta Edad Media se consideraba ya Hispania. No fue una lucha épica por la libertad, sino una serie de malentendidos típicamente pre-modernos (la lucha por instaurar un Estado-Nación de Olivares y la idea medieval de la nobleza catalano-aragonesa) que desembocaron en esa miniguerra, enmarcada en la guerra total que ocupaba a Francia y a España.

Luego vinieron ya el centralismo borbónico y las Guerras Carlistas; fundamentadas sobre esos mitos catalanes. Finalmente, y al calor del Romanticismo y el nacionalismo, el nacimiento de la moderna conciencia catalana intenta manipular al máximo estos hechos para configurar una Cataluña modélica e independiente donde teóricamente todos debían ser felices y vivir del Cuerno de la Abundancia, a tenor de la narrativa utilizada. Ya es cansino tener que soportar esta manipulación, como aguantar otro tipo de manipulaciones más recientes.

Si bien es cierto que, por ejemplo, Franco se negó a que se hablara el catalán; no fue por un odio a Cataluña sino por su rancio nacionalismo español que también negó el uso del idioma a Galicia y al País Vasco. No obstante, Franco se rodeó de la alta burguesía catalana e invirtió durante toda la Dictadura en Cataluña muchísimo más que en el resto de España en conjunto. La actual red de autopistas catalana no nace precisamente en la democracia, sino por la inversión franquista en la zona. No olvidemos tampoco la zona franca de Barcelona, El Prat, los estudios de RTVE, la SEAT…

España jamás ha expoliado a Cataluña. Durante años tanto Cataluña como Madrid como el País Vasco se han visto favorecidos por el Gobierno central. Inversiones monopolísticas, concesiones oligopólicas, grandes infraestructuras…Son grandes polos de desarrollo que se han utilizado históricamente. Con la llegada de la democracia, sin embargo, parecía lógico que los territorios más ricos intentaran promover la unidad del mercado español y aportaran parte de sus ingresos para el desarrollo de las regiones más pobres de nuestro país -otro día hablaremos de ello más en detalle-. Si eso es considerado como expolio, realmente no somos los que queremos a Cataluña en España los que tenemos un problema.

Si Cataluña desea seguir adelante en sus reivindicaciones nacionalistas, pese a todas las falacias históricas que intentan mínimamente justificarla; no puede esperar comprensión por parte de un país que le ha dado todo lo humanamente posible para su despegue. Cataluña no puede aspirar a ser parte de la UE, ni gozar de la protección de España, ni pretender vivir independientemente entre dos grandes naciones como España o Francia. Ha de elegir, y en esa encrucijada; si Cataluña elige ir por la vía de en medio, como los cabestros; se encontrará con un camino pedregoso y lleno de dificultades.

Adiós, Cataluña; adiós. Pero si te vas, nunca te des la vuelta y llores; porque España ama, pero despechada puede ser peor que ninguna otra amante.

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